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Heridas del viento

17 Ago

Heridas del viento. Crónicas armenias con manchas de jugo de granada es la ópera prima de Virginia Mendoza, periodista, antropóloga y compañera de clase en mis años de universidad. Por aquel entonces no compartí muchas charlas con ella, quizás por la timidez de ambas, pero ya en el último curso nos recuerdo a las dos sentadas en el suelo, delante del despacho de uno de nuestros profesores, esperando nuestro respectivo turno para la revisión de algún trabajo o examen. No sabría decir de qué estuvimos hablando, pero sí que nos echamos unas buenas risas y que para mis adentros lamenté no haber trabado más amistad con ella en esos cinco años en los que habíamos estado compartiendo aula.

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Afortunadamente las redes sociales nos permiten estar al tanto de las andanzas de nuestros antiguos compañeros, y así es como supe que Virginia había empezado a estudiar Antropología tras licenciarse en Periodismo, y que se marchaba a Armenia como voluntaria de un programa europeo para investigar las culturas de las minorías étnicas de dicho país. Desde ese momento fui siguiendo sus crónicas a través de Cuaderno Armenio, el blog que creó para recopilar y compartir todo lo que iba viviendo en Armenia y que fue el germen de su primer libro, Heridas del viento.

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He de reconocer que cuando leo, me suelo decantar por las novelas y las historias de ficción, quizás, en parte, por ese sosiego que te da el saber que la historia que estás leyendo, por muy dramática que sea, solo es fruto de la imaginación del escritor. Pero cuando lees un libro como el de Virginia (que tanto me ha recordado a los de Ryszard Kapuściński que leímos en la universidad) la realidad te sacude de arriba abajo, te da un bofetón en la cara para despertarte de tu letargo, te pellizca con fuerza el corazón.

Heridas del viento iba a llamarse inicialmente ‘Voces’, como la segunda de las cuatro partes en las que está dividido el libro, pero al leer la tercera acepción de la palabra “voz” en el DRAE, Virginia encontró un título más adecuado:

Voz: 3. Sonido que forman algunas cosas inanimadas, heridas del viento o hiriendo en él.

En cuanto a esas Crónicas armenias con manchas de jugo de granada” del subtítulo, no es hasta casi el final del libro donde Virginia nos descubre que esta fruta es uno de los principales emblemas armenios, y relata una serie de datos curiosos sobre lo que simboliza y sobre los rituales que protagoniza en nombre de la fertilidad y la maternidad.

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Las historias que recoge Heridas del viento están repartidas en cuatro epígrafes: Silencios, Voces, Estelas y Líneas. En el primero de ellos, Virginia nos cuenta cómo fueron sus inicios en Armenia y los primeros contactos que tuvo con sus gentes. Nos habla del Monte Ararat, donde dicen que quedó varada el arca de Noé, de Mesrop Mashtots, el inventor del alfabeto armenio, y de cómo el brandy armenio jugó un papel importante en Yalta, cuando Churchill, Stalin y Roosvelt se repartían el mundo. Sin embargo, el capítulo que más llamó mi atención fue el dedicado a los molokanes o bebedores de leche, una vertiente cristiana nacida en Rusia que se oponía a las normas de la Iglesia Ortodoxa.

Voces es, quizás, la parte más dura del libro ya que reúne testimonios en torno al genocidio armenio, en el que fueron arrebatadas un millón y medio de vidas, el terremoto de 1988 en el norte de Armenia cuyas consecuencias se siguen sufriendo hoy, y la guerra de 1991 entre Azerbaiyán y Nagorno-Karabakh.

Las historias de Amam, Verghine, Movses e Iskuhi, Paruyr y Pirusa, y frases como “Seguir con vida no siempre significa sobrevivir”, “Volvió para morir armenia”, “En realidad no tenían nada salvo la vida” me dejaron especialmente consternada.

En Estelas descubrimos una serie de peculiares personajes, como Sasun Pamik, el héroe nacional, Levon Arakelyan, que excavó un templo subterráneo que resultó ser milagroso, o Lusik Aguletsi, la mujer que siempre viste el traje tradicional armenio.

Y en Líneas destaca la narración de ese memorial oculto que cada año homenajea a las víctimas de un genocidio negado y silenciado.

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Gracias, Virginia, por haberme llevado de la mano a conocer tu querida Armenia, por haberme regalado un trocito de ella. Las redes sociales me vuelven a informar de que pronto volverás a Armenia, así que espero poder seguir leyendo muchas más de esas historias que me pellizcan con fuerza el corazón.

El arte de coleccionar II

6 Jul

Hace unos tres años ya dediqué un post a mi colección de marcapáginas, que por aquel entonces estaba formada por apenas cuarenta y tres puntos de libro. Pero en todo este tiempo la colección ha crecido considerablemente, y ya son 227 marcapáginas los que la integran. Muchos de ellos han sido regalos o recuerdos de mis viajes, pero otros los he ido adquiriendo tras descubrirlos por las redes sociales. En la actualidad muchos son los artistas emprendedores que aprovechan las ventajas que les ofrecen estas nuevas plataformas para mostrar y vender sus creaciones. Mi colección está repleta de todo tipo de marcapáginas y aunque me gustan todos, siento una especial predilección por los que he seleccionado para el post de hoy, ya que son originales, diferentes (de los demás y entre sí), y han supuesto un trabajo creativo previo que realmente valoro.

Miteta es el proyecto de una asturiana y una gallega, Sara y Candela, que se conocieron en Salamanca cuando las dos estudiaban Bellas Artes. La vida y los proyectos las llevaron por caminos diferentes, pero el destino, además de su ansiado reencuentro, les tenía preparada la puesta en marcha de Miteta en 2012. Desde entonces diseñan ropa, complementos, bisutería, artículos de papelería, productos para casa, etc., y en la mayoría de ellos están presentes sus abuelitos molones y de espíritu joven que comen helado, hinchan globos y sacan la lengua. Dos de esos abuelitos molones son Ramiro y Margarita, los protagonistas de los dos modelos de marcapáginas de Miteta, de los que tengo tanto la primera como la segunda versión que diseñaron. Están hechos de cartón compacto y tela de algodón; además, en el propio packaging nos cuentan la historia de esta entrañable pareja:

“Amigo de sus amigos, dedicado a su familia y trabajador incansable, Ramiro fue un hombre muy querido. Sin embargo, su elegancia es lo que todo el mundo recuerda. Siempre bien aseado y con olor a limón fresco, Ramiro se ponía corbata incluso para sacar la basura”.

“Margarita y Ramiro, Ramiro y Margarita, inseparables, ¡y siempre tan elegantes! A ella le encanta contar que Ramiro la quiere mucho pero siempre fue un tacaño. ¡Más agarrao que un chotis! Cuando cumplieron veinticinco años de casados celebraron sus bodas de plata y Ramiro, cosa extraña, le regaló una preciosa pulsera de plata. Margarita no dudó en celebrar también las bodas de perla, coral y rubí. Y ahora, después de cincuenta años de casados, ¡las de oro! ¡Y que se prepare para las de diamante!”

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Si Temedoy tuviera club de fans, yo, sin duda, me autoproclamaría presidenta; soy seguidora de esta marca handmade, creada por dos hermanos, Gemma y Dalmaus, que cosen y dibujan a las mil maravillas, prácticamente desde sus inicios. Enseguida me quedé prendada de todos sus productos: Mini Tú’s personalizados, cuadernos, Temestuches, Fotomatones, Glotones…, todos ellos hechos de fieltro y acompañados de un sentimiento en forma de punto de libro. Tanto es así, que además de sus marcapáginas, que son unas graciosas y coloridas tiras cómicas (Temedoy Un Recuerdo, Temedoy Una Alegría, Temedoy Un Para Siempre…), también tengo su Glotón marinero, y recurrí a Temedoy para hacer un regalo muy especial.

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Lo primero que llama la atención cuando descubres la obra de Fina Veciana es su singularidad y su onirismo. Fina, graduada en la especialidad de pintura mural en la Escola d´Arts Aplicades i Oficis Artístics de la Diputación de Tarragona, es artista plástica y aunque esencialmente se dedica a la pintura, también diseña piezas de bisutería, realiza performances, imparte talleres creativos para niños e ilustra libros. En su taller de Reus crea pinturas murales tanto en grandes formatos, como en cuadros de bolsillo o postales, que reflejan y sugieren todo tipo de sensaciones, casi como si de un poema visual se tratara.

Fina pinta los marcapáginas, que son pequeñas obras únicas, ya que ninguno es igual a otro, con acrílico sobre cartulinas recicladas, y también suele utilizar la técnica del collage e incluir alguna frase en catalán, castellano o inglés para completar el significado de lo que ha querido representar. En mi caso, yo escogí Llum interna y Secret love, y además le pedí uno personalizado con una composición sobre el amor y los libros, que incluyera la frase “Érase una vez…”. El resultado, tal y como me esperaba, me encantó.

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La última incorporación a mi colección han sido los marcapáginas quijotescos de Marina G. Galietero . Los descubrí en su perfil de Instagram y me quedé prendada de ellos, así como del resto de las obras de Marina, tan realistas y perfectas.

Los marcapáginas, ilustrados haciendo uso de un simple bolígrafo Bic negro, la principal herramienta de dibujo de Marina, representan el rostro del Quijote, así como sus paseos con Sancho Panza por esos campos manchegos repletos de molinos de viento.

Post 70 - i Post 70 - j Marina G. Galietero tiene 26 años, nació en Mota del Cuervo (Cuenca) y es “Arquitecta por formación, diseñadora por adaptación y dibujante por vocación”. Estudió Arquitectura en la Universidad Politécnica de Valencia, y hace apenas un año que se licenció y regresó a su pueblo natal para probar suerte en el mundo laboral de la mano de sus dos pasiones: la arquitectura y el dibujo. A los ocho años ya empezó a interesarse por este arte, y no dejó de hacerlo ni durante sus años en el instituto y la universidad. Para Marina, dibujar es algo vital y se ha convertido en el método por el que mejor logra expresarse.

¿Os han gustado los marcapáginas que os he mostrado en este post? ¿Conocéis a otros ilustradores y/o artistas que también diseñen y elaboren sus propios puntos de libro?

El año sin verano

29 Jun

Hace algo más de una semana estrenamos nueva estación: el verano, que siempre se convierte en noticia por sus características temperaturas extremas, sus olas de calor y su sequedad. Sin embargo, hace un par de años un meteorólogo francés se aventuró a decir que aquel verano de 2013 traería consigo, contra todo pronóstico, tormentas, lluvias y frío. Ese supuesto no verano es precisamente  el que da nombre al segundo libro de Carlos del Amor, El año sin verano, y el punto de partida de la historia que en él nos cuenta.

 

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El protagonista es un joven periodista cultural que trabaja en televisión y que vuelve al tranquilo Madrid estival tras unas vacaciones tristes y difíciles. Su mujer, embarazada, ha ido al pueblo de sus padres a pasar unos días con ellos, de modo que él pretende aprovechar esa soledad para avanzar en la escritura de su segundo libro. Sin embargo, cuando encuentra un manojo de llaves tirado en las escaleras de su edificio y supone que se trata del juego de llaves de la portera, no puede evitar sentir curiosidad y se dedica a inspeccionar las viviendas vacías de sus vecinos ausentes. A través de sus incursiones en las casas ajenas vamos conociendo las vidas de esos vecinos, sus vivencias pasadas y sus secretos, pero lo que menos se imagina nuestro protagonista es que se topará con una historia de amor y con una misteriosa muerte que tuvieron lugar treinta años atrás, y que irremediablemente tendrá que investigar.

En El año sin verano volvemos a encontrarnos con esas pequeñas historias con las que tanto disfrutamos en La vida a veces, incluso recuerda a su último relato, que se desarrolla en una comunidad de vecinos, y en el que los personajes y sus historias también se entremezclan. Y, por supuesto, nos volvemos a encontrar con ese estilo intimista, original y melódico tan propio de Carlos del Amor, su magia. Aunque en esta ocasión lo que más sorprende de este libro son los enormes paralelismos que existen entre autor y protagonista, ya que el primero juega todo el tiempo a mezclar realidad y ficción. Nos da una primera pista con esa cita de Antonio Machado con la que abre el libro: “Después de la verdad nada hay tan bello como la ficción”; y la segunda aparece algunas páginas después, en esa conversación con su amigo Jorge, el jardinero del parque:

– Entonces, a ver si te entiendo, quieres escribir su historia (…). Pues imagínatela, ¿los escritores no hacéis eso? Os imagináis las cosas, os inventáis la realidad.

– Sí, pero no es tan sencillo, yo, al menos, necesito un ancla, unos hechos a los que agarrarme, un hilo del que ir tirando. Luego, claro que entra en juego la ficción.

La realidad, los hechos, lo noticioso son lo suyo, pero lo que me sigue sorprendiendo de Carlos del Amor, tanto de sus reportajes como de sus libros, es su capacidad para maquillar esos hechos o darles la vuelta, buscar enfoques diferentes y originales en ellos, fijarse en ese detalle en el que nadie repara y crear pequeños micromundos dentro de grandes historias. Esa capacidad suya es la que le convierte, como ya dije en una ocasión, en un auténtico mago, un gran ilusionista, y El año sin verano ha sido, sin duda, el gran truco final de un espectáculo (literario) que no ha hecho más que empezar.

Mujeres en blanco y negro

15 Jun

Hace algún tiempo os hablaba de que la poesía está de moda, pero también el sector de la ilustración, los cómics y las novelas gráficas está viviendo su momento de gloria. Aunque quizás lo más destacable de este nuevo boom editorial es que las protagonistas son, en su mayoría, ilustradoras jóvenes que han logrado hacerse un hueco en el mercado gracias, en parte, al poder de las redes sociales. Agustina Guerrero, Laura Santolaya o Ana Oncina son, entre otras, un buen ejemplo de ello, al igual que Sara Herranz y Sara Fratini, las estrellas invitadas en el post de hoy junto con sus mujeres en blanco y negro. Todas ellas comenzaron subiendo sus dibujos y reflexiones a sus blogs, a sus cuentas en Tumblr o a sus perfiles en Facebook, Twitter e Instagram, y hoy han visto cumplido su sueño de tener uno (o varios) libros publicados.

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La canaria Sara Herranz comenzó a dibujar tras finalizar sus estudios de Comunicación Audiovisual; ha trabajado para marcas como Oysho o Ron Barceló, y ha diseñado portadas para Alfaguara (A dos centímetros de ti) o Mondadori (Un buen chico). Finalmente fue Lunwerg la editorial que le permitió contar la historia de una de sus chicas en blanco y negro, con labios y uñas rojas, en una novela gráfica cuyo hilo narrativo gira en torno al amor, la pasión y el desamor de esas primeras relaciones.

Todo lo que nunca te dije lo guardo aquí no solo sorprende por el realismo de unos personajes que te llegan a intimidar con su penetrante y seductora mirada, sino por los textos que acompañan y completan a las ilustraciones, repleto de sentencias y frases lapidarias, algunas irónicas y burlescas, que consiguen removerte un poco por dentro. Sara Herranz sabe escoger muy bien las palabras para hurgar en la herida, dar donde más duele o, simplemente, provocar una reacción, algo que también consigue con el ambiguo título del libro, con el que juega al despiste, y que va en consonancia con el final abierto de la historia.

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Sara Herranz afirma que hay mucho de ella en su ópera prima, pero lo cierto es que cualquier mujer se puede sentir identificada con la protagonista, con lo que vive y siente, así como con las mujeres en blanco y negro de Sara Fratini en La buena vida.

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Fratini nació en Venezuela, pero se licenció en Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid y posteriormente, cursó sus estudios de ilustración en Francia. En la actualidad además de pintar murales a gran escala allí donde se lo piden, coordina el Festival Internacional de Cine de La Guarimba.

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En La buena vida podemos encontrar sus viñetas antiguas más características, pero también cuarenta ilustraciones inéditas, acompañadas de pequeños lemas, sobre las inseguridades, los sueños, los miedos, la indecisión ante la toma de decisiones o el exceso de preocupación por la belleza física. Las mujeres que dibuja Sara Fratini son curvilíneas, pero huyen de los complejos; toda una declaración de intenciones si tenemos en cuenta que en la Venezuela natal de la ilustradora, la cirugía estética, los tratamientos de belleza y las dietas están a la orden del día.

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La buena vida es una oda a la naturalidad, un derroche de optimismo que queda perfectamente resumido en la viñeta que abre el libro: “Cuando estés triste… ¡baila! Cuando estés feliz, ¡también!”. Este libro es, sin duda, la mejor medicina contra la baja autoestima, y el empujón necesario para dar rienda suelta a nuestros sueños.

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Y aunque aparentemente, las mujeres en blanco y negro de Sara Fratini poco tienen que ver con las de Sara Herranz, lo cierto es que ambas ilustradoras consiguen que nos veamos representadas en estos personajes llenos de amor, rencor, miedos y metas por alcanzar.

Celebrando el Día del Libro en el País de las Maravillas

23 Abr

El País de las Maravillas es un lugar al que todos hemos viajado siendo niños, un reino encantado donde era posible crecer o menguar tras comer un pastelillo o beber una pócima mágica, charlar con un gato que se torna invisible, o asistir a una fiesta de no-cumpleaños con una liebre y un sombrerero. Ese fantástico e inverosímil viaje se lo debemos a Lewis Carroll (cuyo nombre real era Charles Lutwidge Dogson, el creador de Alicia en el País de las Maravillas. ¿Y qué mejor fecha que la del Día del Libro (y sexto aniversario de este blog) para homenajear a uno de los clásicos de la literatura universal en su 150 aniversario? Post 68 - a Mucho ha llovido desde que aquella tarde de 1862, durante un paseo en barca por el Támesis con su amigo el reverendo Duckworth y las hermanas Liddell (Lorina, Alicia y Edith), Carroll ideara el personaje de Alicia inspirándose en la segunda de las hijas del decano Liddell, por quien sentía una profunda devoción. Tanto fue lo que le entusiasmaron a la propia Alicia las aventuras de su álter ego, que le pidió a Carroll que le transcribiera la historia. Tres años más tarde la editorial MacMillan sería la encargada de publicar el cuento, ilustrado con los magníficos dibujos de John Tenniel que aún hoy conservan muchas de las ediciones del famoso libro. Su gran éxito motivó la publicación en 1871 de la segunda parte, Alicia a través del espejo. Post 68 - b Alicia en el País de las Maravillas no deja indiferente a nadie tras su lectura; se trata, sin duda, de una oda a la fantasía y el onirismo, fruto del singular ingenio y la original mentalidad de Carroll, quien deja entrever además su destreza matemática (pues ésta era su profesión) a través de las preguntas geográficas, astronómicas o científicas que la pequeña Alicia se hace constantemente. Algunos estudiosos de la obra van más allá y aseguran que este supuesto cuento infantil es una crítica encubierta al convencionalismo social propio de la época victoriana, y que sus personajes, en su mayoría animales con personalidad y capacidades humanas, son caricaturas de personas que existieron en realidad. Sea como fuere, lo cierto es que Alicia en el País de las Maravillas gusta a niños y mayores, y ha servido de inspiración en diferentes ámbitos: en el cine, la música, la televisión, el teatro, y hasta en el campo de la psicología. Hoy incluso se recomienda su lectura en las más afamadas escuelas de negocios en nuestro país. ¿Quién le iba a decir a Lewis Carroll que aquella historieta que inventó sin más pretensión que la de entretener a unas niñas se convertiría en un fenómeno semejante?

En la actualidad existen numerosas ediciones de Alicia en el País de las Maravillas, a cual más bonita, pero yo personalmente, que no había vuelto a disfrutar con las aventuras de Alicia desde que fui al cine a ver la versión de Tim Burton, me he reencontrado con este ya mítico personaje gracias a otro libro infantil: Prohibido leer a Lewis Carroll. Post 68 - c Lo primero que me llamó la atención de Prohibido leer a Lewis Carroll fue su contundente título; además, todas las reseñas que leí sobre él por Internet eran positivas, sin mencionar los importantes premios que había recibido (Premio Lazarillo en 2012, elegido Mejor libro infantil del 2013 por Babelia, y en 2014, Premio White Ravens, Premio Fundación Cuatrogatos y Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil). Así que, dada mi creciente afición por comprar libros infantiles y ante tanta buena referencia, no dudé en traérmelo a casa. El libro está ambientado en Nueva York a principios de la década de 1930, ciudad a la que se traslada la joven institutriz francesa Eugéne Chignon para hacerse cargo de una niña llamada Alice, quien está tan obsesionada con el cuento de Lewis Carroll que incluso se viste y peina como la protagonista de éste. Esta enfermiza pasión de la pequeña Alice lleva a sus padres a prohibirle leer el libro, y junto con la señorita Chignon tratarán de evitar que la niña se entere de que la verdadera Alice Liddell, inspiradora de Alicia en el País de las Maravillas, va a ser homenajeada en la Universidad de Columbia.  Se trata de una historia muy original y divertida cuyo autor, Diego Arboleda, ha construido en base a unos rocambolescos personajes y unos juegos lingüísticos al más puro estilo de Lewis Carroll. Todo eso unido a los excelentes dibujos de Raúl Sagospe, hacen de Prohibido leer a Lewis Carroll un libro excepcional. Post 68 - d Ya lo dijo Caballero Bonald: “Leer equivale a elegir una aventura de múltiples compensaciones imaginativas”, y a mí, el libro de Arboleda y Sagospe me ha devuelto directamente a mi niñez, a ese País de las Maravillas donde era posible crecer o menguar tras comer un pastelillo o beber una pócima mágica, charlar con un gato que se torna invisible, o asistir a una fiesta de no-cumpleaños con una liebre y un sombrerero. ¡Feliz Día del Libro!

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