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El año sin verano

29 Jun

Hace algo más de una semana estrenamos nueva estación: el verano, que siempre se convierte en noticia por sus características temperaturas extremas, sus olas de calor y su sequedad. Sin embargo, hace un par de años un meteorólogo francés se aventuró a decir que aquel verano de 2013 traería consigo, contra todo pronóstico, tormentas, lluvias y frío. Ese supuesto no verano es precisamente  el que da nombre al segundo libro de Carlos del Amor, El año sin verano, y el punto de partida de la historia que en él nos cuenta.

 

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El protagonista es un joven periodista cultural que trabaja en televisión y que vuelve al tranquilo Madrid estival tras unas vacaciones tristes y difíciles. Su mujer, embarazada, ha ido al pueblo de sus padres a pasar unos días con ellos, de modo que él pretende aprovechar esa soledad para avanzar en la escritura de su segundo libro. Sin embargo, cuando encuentra un manojo de llaves tirado en las escaleras de su edificio y supone que se trata del juego de llaves de la portera, no puede evitar sentir curiosidad y se dedica a inspeccionar las viviendas vacías de sus vecinos ausentes. A través de sus incursiones en las casas ajenas vamos conociendo las vidas de esos vecinos, sus vivencias pasadas y sus secretos, pero lo que menos se imagina nuestro protagonista es que se topará con una historia de amor y con una misteriosa muerte que tuvieron lugar treinta años atrás, y que irremediablemente tendrá que investigar.

En El año sin verano volvemos a encontrarnos con esas pequeñas historias con las que tanto disfrutamos en La vida a veces, incluso recuerda a su último relato, que se desarrolla en una comunidad de vecinos, y en el que los personajes y sus historias también se entremezclan. Y, por supuesto, nos volvemos a encontrar con ese estilo intimista, original y melódico tan propio de Carlos del Amor, su magia. Aunque en esta ocasión lo que más sorprende de este libro son los enormes paralelismos que existen entre autor y protagonista, ya que el primero juega todo el tiempo a mezclar realidad y ficción. Nos da una primera pista con esa cita de Antonio Machado con la que abre el libro: “Después de la verdad nada hay tan bello como la ficción”; y la segunda aparece algunas páginas después, en esa conversación con su amigo Jorge, el jardinero del parque:

– Entonces, a ver si te entiendo, quieres escribir su historia (…). Pues imagínatela, ¿los escritores no hacéis eso? Os imagináis las cosas, os inventáis la realidad.

– Sí, pero no es tan sencillo, yo, al menos, necesito un ancla, unos hechos a los que agarrarme, un hilo del que ir tirando. Luego, claro que entra en juego la ficción.

La realidad, los hechos, lo noticioso son lo suyo, pero lo que me sigue sorprendiendo de Carlos del Amor, tanto de sus reportajes como de sus libros, es su capacidad para maquillar esos hechos o darles la vuelta, buscar enfoques diferentes y originales en ellos, fijarse en ese detalle en el que nadie repara y crear pequeños micromundos dentro de grandes historias. Esa capacidad suya es la que le convierte, como ya dije en una ocasión, en un auténtico mago, un gran ilusionista, y El año sin verano ha sido, sin duda, el gran truco final de un espectáculo (literario) que no ha hecho más que empezar.

La vida a veces…

15 Ene

… te da sorpresas, te regala buenas noticias; y es que ayer mismo me enteré por las redes sociales de que el próximo 5 de febrero sale a la venta el segundo libro de Carlos del AmorEl año sin verano. Esta noticia realmente me alegró el día, porque desde que terminé de leer su ópera prima, La vida a veces, soñaba con poder leer de nuevo algo escrito por Carlos del Amor.

 

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Siempre he sentido una gran admiración por Carlos, por su trabajo. En casa saben que deben guardar silencio cuando, mientras vemos el Telediario, llega el momento de alguno de sus reportajes; entonces yo me quedo pegada a la pantalla del televisor, embobada, disfrutando de esa magia que desprenden todas las piezas que crea. Porque Carlos es un auténtico mago de las palabras, de lo desapercibido, de los enfoques diferentes, de las historias mínimas. Y todo eso lo ha recogido también (y tan bien) en La vida a veces.

 

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El libro, que inicialmente se iba a llamar Fuera de cobertura, abre con el poema de Jaime Gil de Biedma que le da nombre, y le siguen veinticinco pequeñas historias, divididas en cinco apartados (Espacios, Oficios, Accidentes, Coincidencias e Interacciones), que hablan de frustración (la de ese escritor al enfrentarse a la hoja en blanco, que no es otro que el propio Carlos cuando escribía La vida a veces), de amor (el que hace que Miguel pida que le entierren mirando a su esposa Teresa), de ilusión (la de los “esperantes” en los aeropuertos), de desesperación (la del inventor de palabras cuando no se le ocurre ninguna nueva), de soledad (la de Eusebio, que murió solo en casa y nadie reparó en ello hasta veinte años después)… A todas ellas el lector puede añadir la suya propia, ya que al final del libro se incluyen unas hojas en blanco para tal fin. Y es que todo en este libro parece estar exquisitamente cuidado, desde esa redacción melódica, casi poética que emplea, hasta esa bonita portada, creada a partir de un carboncillo hecho por el suegro de Carlos y que refleja perfectamente lo que quería transmitir: “Si nos lo proponemos, somos capaces de levantar el mar”.

 

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La vida a veces es dura, y cuando comencé a leer este libro lo estaba siendo conmigo. Quizás por mi excesiva sensibilidad en aquel momento, lloraba y lloraba tras leer cada capítulo, porque la realidad a veces duele. Reconozco que me costó enfrentarme a las historias de La vida a veces, pero al final me resultaba reconfortante imaginarlas en la voz del propio autor, como si de sus reportajes se tratara. La vida a veces es dura, pero afortunadamente existen los magos, existe la magia.

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